Nota de la Red: Esperamos que no se tome esto como un canto a la resiliencia.
Nuestras mentes evolucionaron para minimizar la imprevisibilidad. Pero si aprendemos a vivir con la duda, se abre un mundo de oportunidades.
A veces parece que el mundo se encamina hacia el caos: convulsiones políticas, inestabilidad económica, cambios tecnológicos drásticos y un flujo constante de malas noticias. Ante tanta incertidumbre, muchos tendemos a sentir que se avecina una catástrofe. Pero, ¿es esa una reacción innata o podemos entrenarnos para mantener una mente más abierta?
Un buen punto de partida es la humildad. Cada generación, al parecer, cree vivir en tiempos excepcionalmente turbulentos, como atestiguan las epopeyas literarias de todos los tiempos. La incertidumbre siempre ha sido parte de la condición humana, y ninguno de nosotros puede saber con certeza qué nos depara el mañana.
Sin embargo, reconocer esto no facilita su aceptación. De hecho, nuestro cerebro es extremadamente sensible a la incertidumbre. Desde una perspectiva neurocientífica, la imprevisibilidad tiene un alto costo. El cerebro es un órgano que consume mucha energía y que depende de seguir patrones y hábitos para conservarla. Ante la ambigüedad, debe trabajar más: analizando, prediciendo, recalibrando. Este esfuerzo adicional no solo es agotador, sino que puede resultar francamente desagradable.
Las investigaciones sugieren que la incertidumbre puede ser más angustiante que la certeza negativa. En un estudio , las personas se mostraron más tranquilas cuando sabían que recibirían una descarga eléctrica que cuando solo existía un 50 % de probabilidad de que ocurriera. La ambigüedad, no el dolor, resultó más difícil de tolerar. De manera similar, la evidencia a largo plazo sugiere que la amenaza de perder el empleo puede ser más perjudicial para la salud que el desempleo en sí.
Esto nos revela algo importante: el cerebro está programado no solo para evitar el daño, sino también para evitar la incertidumbre. Desde una perspectiva evolutiva, esto tiene sentido. Nuestros antepasados sobrevivieron tomando decisiones rápidas con información limitada. Si un crujido entre los arbustos podía indicar la presencia de un depredador, siempre era más seguro asumir lo peor. Este sesgo de negatividad nos mantiene con vida, pero en la vida moderna puede llevarnos a sobreestimar las amenazas y subestimar las oportunidades.
Pero existe otra alternativa. El poeta John Keats describió la «capacidad negativa»: la habilidad de permanecer «en la incertidumbre, el misterio y la duda, sin la necesidad imperiosa de buscar hechos y razones». La neurociencia moderna respalda cada vez más esta estrategia. La capacidad de tolerar la ambigüedad —de convivir con el desconocimiento— parece fundamental para un pensamiento flexible, creativo y resiliente.
A nivel de percepción, esta flexibilidad ya está en marcha. Nuestros cerebros no reciben la realidad pasivamente; la construyen. Nos vemos bombardeados por enormes cantidades de datos sensoriales, pero procesamos conscientemente solo una pequeña fracción. El resto se completa mediante conjeturas, moldeadas por la experiencia previa.
Quizás te hayas topado con ese dibujo ambiguo que puede interpretarse como un pato o un conejo . Al mirarlo, tu cerebro se decantará por una interpretación para resolver la incertidumbre. Pero con la práctica, puedes aprender a alternar entre ambas perspectivas. Esta capacidad de considerar múltiples interpretaciones está estrechamente ligada a la creatividad y la resolución de problemas. En otras palabras, la percepción misma es entrenable.
¿Cómo podemos, entonces, pasar de una mentalidad pesimista a una más abierta? El primer paso es la curiosidad. Cuando de repente no estamos seguros de lo que podría suceder, nuestro instinto puede ser el de retraernos o precipitarnos a juzgar. Una respuesta más adaptativa es preguntarnos: ¿qué desconozco aún?
Los equipos de alto rendimiento en disciplinas como la Fórmula 1 operan de esta manera. Como afirma Mark Gallagher, ejecutivo de la Fórmula 1: «Afrontamos una carrera sabiendo que hay cosas que podemos controlar, pero muchas más que no, y debemos adaptarnos a ellas a medida que se presentan». En otras palabras, prosperar en la incertidumbre no se trata tanto de predicción como de adaptabilidad.
En la vida cotidiana, esto significa buscar diferentes perspectivas y resistir la tentación de las respuestas fáciles. También implica ser selectivos con la información. En una era de desinformación, el impulso del cerebro por resolver las preguntas cuanto antes puede llevarnos a conclusiones erróneas a menos que ejercitemos activamente nuestro pensamiento crítico.
La regulación emocional es igualmente importante. La incertidumbre desencadena respuestas de estrés que afectan el juicio y limitan la atención. Técnicas como la respiración controlada, la atención plena y el ejercicio físico pueden ayudar a estabilizar estas respuestas.
Es importante destacar que no se trata de un optimismo ciego. Nuestro cerebro es propenso tanto al sesgo de negatividad como al sesgo de optimismo: la tendencia a ser sensible a las amenazas y, al mismo tiempo, a sobreestimar los resultados positivos. Gestionar bien la incertidumbre implica equilibrar estas tendencias, evitando tanto la catastrofización como la ilusión.
Nada de esto hace que la incertidumbre sea fácil. Sigue siendo incómoda, a veces profundamente. Tampoco debemos reprimir las emociones negativas como el miedo o la ira; contienen información útil. El reto consiste en responder a ellas con inteligencia, utilizándolas como señales en lugar de permitir que dicten nuestro comportamiento.
En última instancia, la cuestión no es si podemos eliminar la incertidumbre, sino cómo nos relacionamos con ella. Podemos tratarla como una amenaza, aferrándonos a falsas certezas y limitando nuestra perspectiva. O podemos considerarla una característica inevitable —y potencialmente generativa— de la vida, que invita a la exploración, el aprendizaje y el cambio. La diferencia no reside en lo que la vida nos depara, sino en los hábitos mentales que cultivamos.
En un mundo en constante cambio, la capacidad de tolerar la incertidumbre puede ser una de nuestras habilidades cognitivas más importantes. Nos protege tanto de la parálisis como del autoengaño, evita las reacciones impulsivas y sustenta la toma de decisiones acertadas. Y quizás lo más importante de todo es que nos abre las puertas a nuevas posibilidades.




















